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El verano rural de la capital. La belleza salvaje del litoral norte, alejada del turismo multitudinario
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Dicen que Santander es una ciudad del norte que mira al sur, donde se encuentra su bahía. Lo corroboran los vecinos de la costa norte ... . En la zona rural de Monte y Cueto creen que cuando se piensa en Santander se obvia la «extraordinaria belleza de ese litoral», que consideran «la gran joya de Santander». La orilla que une la Virgen del Mar con Mataleñas abarca toda esta zona. Y sus vecinos piensan que es una extensión de la Costa Quebrada, el área que aspira a que la Unesco la reconozca como parque geológico de relevancia internacional. «El norte es el gran olvidado, el paisaje más rico de la ciudad», comenta Miguel Rodríguez, vecino de Monte. En la zona se vive un verano tranquilo, como los de antes. Alejados de las multitudes de las grandes playas. Dicen que viven «un verano familiar con los de toda la vida».
Esta zona de Santander es verde, irregular y salada. En sus carreteras coinciden ciclistas y tractores. Éstas, estrechas y laberínticas, bordean enormes fincas y desembocan en imponentes paisajes marítimos. Allí, el Cantábrico es el dueño de todo. Entra y sale dejando un rastro muy característico: el color blanco de la espuma. El agua moldea a sus anchas acantilados y bocas, las entradas del mar en las rocas en las que la fiereza del Cantábrico da un respiro a los bañistas. Aún así, «incluso el mejor día de verano hay que saber donde te estás bañando. Es una zona muy peligrosa y traicionera», advierte 'Piru' Puente. El Cantábrico no descansa ni en verano. Por ello, los que miran al norte viven «con mucho frío», como lo define Miguel Rodríguez.
Para el Ayuntamiento de Santander, la ciudad tiene 13 playas y cuatro ellas se encuentran en la zona norte: la Virgen del Mar, La Maruca, La Rosamunda y El Bocal. Son cuatro pequeños arenales en los nueve kilómetros de senda costera que separan la ermita de la Virgen del Mar de Cabo Menor. Cuatro zonas resguardadas por las rocas que ha esculpido el Cantábrico. Ahí quiso dejar unos oasis para el veraneo. El Bocal es uno muy pequeño. El más estrecho de la ciudad con 10 metros de ancho. Además, depende de la marea para aparecer, pues es corto. Quienes la conocen, como 'Piru', confirman que es «el mejor sitio de Santander para ponerse moreno porque esta cubierta del viento nordeste y del sur. El sol de lleno entre las rocas mientras entra la brisa marina».
Sin embargo, se quejan de la suciedad de la zona, ya que hay mucho tránsito de ciclistas y corredores pero «poca limpieza y cubos para depositar la basura», dice Santiago Sierra, de la Asociación de Vecinos de Cueto, que opina que es un problema de toda la senda costera norte, que «está muy descuidada», afirma. Además, denuncia que por la noche en las caravanas hacen noche ilegalmente en puntos como el Bocal «y lo dejan más sucio que lo que lo encuentran», añade 'Piru'.
Monte y Cueto son barrios, pero sus vecinos defienden que son pueblos. Más que por el nombre técnico, «lo llaman pueblo por la relación estrecha que tienen los vecinos», dice Santiago Sierra. Es una forma de diferenciar su estilo de vida del más urbano. Antiguamente, la mitad norte del municipio era «una zona puramente agrícola, rural, hasta los años cincuenta», afirma Sierra. Luego, en los últimos años, Valdenoja ha vivido el 'boom' urbanístico. «En verano se llena de madrileños, pero nosotros ni nos enteramos. Ellos van por su lado», dice 'Piru'. Además, recuerda que Valdenoja «es uno más» entre los acuíferos de Cueto y nombra otros como: Fontellata, Fumoril, Roncadial, la Pelía o Joradío.
Cuando en Santander el verano significa ocio, descanso y playa, en la zona norte todavía significa actividad y trabajo. Su ruralidad hace que sea época de recogida de pastos, aunque queden pocos ganaderos -«menos de una decena», según Miguel Rodríguez-. Y también, se ve a los pescadores probar suerte al borde de las rocas. Además, por las noches aparece otra actividad veraniega: la recogida de caloca, un alga que crece en esta zona. A pesar de todo, estas actividades están en desuso. Sin embargo, 'los de toda la vida' reivindican su estilo de vida «con orgullo». Así que, lejos del cemento y el alboroto del sur, en invierno sufrirán el frío de vivir mirando al norte y en verano disfrutarán de la joya salvaje que les ha regalado el Cantábrico.
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Ana del Castillo
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