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El 10 de octubre tuvo lugar la celebración del Día de la salud mental, que es tanto como traer al presente el recuerdo de unos ... individuos, cuya historia plagada de sufrimientos aún mantiene determinados estigmas. Me sorprendió una determinada emisora de radio con una llamada telefónica solicitando mi opinión a propósito del evento, lo agradecí porque pensé que persiste cierta inquietud por un problema social, cuyo desgraciado tratamiento y marginación ha sido crónico. En muy poco tiempo, la emisión de los medios de comunicación se miden en segundos respetando el guión del interrogatorio, comentamos aquellos aspectos que han tenido mayor relieve a lo largo de la historia, así como aquellos problemas emocionales más significativos del momento actual
La noticia de la psiquiatría se remonta al antiguo Egipto, diez mil años antes de Cristo se decía entonces que se trataba de enfermedades del espíritu, cuya respuesta terapéutica era el exorcismo o ciertos rituales religiosos. Los griegos, en tiempos de alrededor del nacimiento de Cristo, recurren a los dioses para comprender la enfermedad y curarla. Asclepios, como dios de la medicina, monopolizaba la solicitud de las diferentes peticiones de curación. Más tarde, Hipócrates habla del cerebro como centro de la inteligencia y Aristóteles y Platón definen los trastornos, en parte éticos y en parte divinos. Se da pues un paso importante en el concepto de enfermedad mental.
Los romanos, entre los que destaca Galeno, asumen las teorías griegas, llegando la edad media, año 476 al 1.492, en la que entramos en un enorme túnel, cuya salida llegaría con la revolución francesa o inicio de la era moderna. Así, más de 1.500 años vamos a vivir en absoluta oscuridad, prevaleciendo la idea de que la enfermedad es la manifestación del pecado, apoyada en una encíclica de Inocencio VIII por la que los pacientes itinerantes o sin sentido eran internados en mazmorras, sirviendo como monigotes de feria, para lo que se programaban excursiones en las que poder observar sus rarezas, aunque también se podía proceder a su quema bajo el concepto de brujería.
Tenemos que dar un gran salto histórico para entrar en el siglo XVIII, o siglo de las luces, en el que se inicia la rotura de cadenas y se humaniza su atención, surgiendo cierta revolución que progresa lentamente para ser el siglo XX el que alumbre nuestro actual concepto de la enfermedad, diseñando algún criterio organizativo para su atención. Parece increíble que en la década de los 80 en los ambulatorios aún existía el rótulo de neuropsiquiatra, donde pasaba consulta un psiquiatra. Tampoco existían unidades de psiquiatría en los hospitales, con excepción de los clásicos, Valdecilla, Santa Cruz y San Pablo y Basurto. A partir de esta fecha se inicia la instalación de unidades hospitalarias de psiquiatría, surgen las unidades de urgencia, su atención se acerca a la comunidad con la formación de equipos pluridisciplinarios, al sumarse otras profesiones sanitarias afines llegando así al día de la fecha.
Siguiendo el hilo de mi intervención radiofónica, me permití subrayar a la pregunta de cuáles eran los problemas actuales más importantes, los tres que en mi criterio cada día tienen una mayor presencia social y que, además del enorme sufrimiento que provocan, vienen exigiendo una mayor demanda; apunté el estrés, la soledad y la identidad social.
La soledad, o la dificultad que por muy diversas barreras de todo tipo tenemos para convivir o ser con los otros, comenzó bruscamente con la industrialización. Crecieron las grandes poblaciones a costa de una muy grave desruralización, surgen como hongos alrededor de las grande urbes viviendas como nidos en las que por sus limitaciones físicas, además de por la carga económica que suponían, no tenían cabida los abuelos. Las expectativas de vida aumentan, los autocuidados, la alimentación, la higiene, los servicios sanitarios, etc., por lo que va a producirse cierto incremento de viudedades. A lo que se une la baja natalidad junto a un número cada día mayor de parejas sin hijos, por lo que la natalidad está en su punto más bajo. Si a esto le sumamos el bombardeo de la tecnología, y de forma especial el de los ruidos, existe un número creciente de individuos desconectados del de al lado, para a la vez comunicarse mediante signos con el del otro continente. No observando gestos ni emociones.
El estrés surge cuando son desbordadas las capacidades normales del individuo. Todos disponemos de un umbral de aceptación de estímulos: lumínicos, sonoros, visuales, etc., pero nos llega tal cantidad que en ocasiones no podemos discriminarlos; situación que si la unimos a la exigencia de situarnos en el mundo, luchar por un puesto en la vida o competir, nos convertimos en bombas o cohetes andantes, dirigidos y manipulados, y por ello desbordando nuestra capacidad normal de recepción. La infelicidad, irritación, agitación, inquietud, tristeza, etc., hacen su presencia
La identidad es otro elemento que sin darnos cuenta vamos perdiendo o por lo menos embarrando. Las alternativas frente a cualquier situación pueden ser muchas porque son muchos los estímulos. Tenemos que aprender a utilizar un cedazo fino para aprender a discriminar y con ello a renunciar, pudiendo elegir así un solo itinerario. Pero ¿quién sabe renunciar, quién es capaz de decir no, como no aceptar aquello y esto si se pone a mi alcance? Realmente es un grave problema porque la renuncia engendra el progreso; de aquí que sea vital el destete y con ello la aceptación e identificación.
Nuestro GPS en ocasiones no funciona correctamente, no responde coherentemente a los datos aportados, por lo que los desencuentros, pérdidas de energía y desorientaciones, con respecto al ejercicio de nuestros papeles y responsabilidades, son frecuentes y en ocasiones de cierta gravedad por su trascendencia.
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Ana del Castillo
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