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En alguna ocasión he dicho que no me gustaban las navidades. Pues he cambiado de opinión: me gustan, aunque, como seguro que le ocurre a ... usted, amable lector, hay elementos de estas fiestas que me molestan especialmente. Vayamos por partes.
Como todos sabemos, las fiestas navideñas constituyen un complejo fenómeno cultural con múltiples vertientes: conmemoración religiosa, operación comercial, refuerzo de las tradiciones, ocasión para estrechar vínculos sociales, exaltación de las emociones y, también, proliferación de símbolos.
Efectivamente, el término navidad viene del latín ‘nativitas’, nacimiento, y en la religión cristiana conmemoramos el nacimiento de Jesús. Los expertos indican que fue en el siglo III de nuestra era cuando la Iglesia adoptó la fecha del 25 de diciembre para fijar el nacimiento del Niño Dios (al parecer fue el papa Julio I (335-352) quien estableció esa fecha haciéndola coincidir con las fiestas romanas en honor al ‘nacimiento del sol in victo’ –además de en la antigua tradición romana, la celebración del dios-sol está presente en los pueblos germanos y también entre los aztecas y los incas–. La lógica y el simbolismo son abrumadores. En el hemisferio Norte el solsticio de invierno sucede, aproximadamente, en torno al 25 de diciembre. El sol, la vida, nace, renace, comienza a crecer. La esperanza surge con el regreso de la luz al mundo, la obscuridad empieza desaparecer, la naturaleza despierta y surge la promesa de que de nuevo habrá alimentos.
En nuestra tradición religiosa, los simbolismos del nacimiento del Niño Jesús son muy importantes: el Niño-Dios significa la promesa, la esperanza, la pureza (el ‘sin pecado’), la fuerza de la inocencia. Un Dios que se hace presente entre las personas más humildes; y son los más sencillos los que le saben reconocer; y nace pobre, como ellos; y en el seno de una familia de emigrantes-perseguidos; y trae una propuesta: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».
Los valores de sencillez, de unión familiar y de amor al prójimo que presiden la tradicional Navidad cristiana se trastocan con la lógica de la maquinaria comercial. La sociedad industrial-capitalista aprovecha cualquier ocasión para impulsar la secuencia producir-consumir y vender-obtener beneficios. Ahora es el gran almacén el que nos anuncia que han llegado las fiestas navideñas, nos señala que lo fundamental es comprar regalos, incluso nos dice cómo debemos decorar la casa (por supuesto, todos los regalos, las luces y la representación del nacimiento los podemos adquirir en sus instalaciones –y se puede pagar en cómodos plazos–). ¿Dónde queda el valor del compartir?, ¿en qué lugar dejamos la austeridad, la sencillez?
El bombardeo de la publicidad, las luces de los comercios y las imágenes de personas corriendo cargadas de regalos nos contaminan, nos hacen perder el sentido y caer en la vorágine de las compras. Se extiende la obligación social de regalar. Sí, por supuesto que muchos regalos son una manifestación de afecto, pero, también, en demasiadas ocasiones, con un obsequio comprado a toda prisa, envuelto en papel de colores y atado con un lazo, queremos compensar la falta de atención que hemos prestado durante todo el año a personas que están junto a nosotros. ¡Cuánto intento de justificación se envuelven en papel de regalo! Por cierto, ¿se acuerdan de cuando las empresas en lugar de pagar un salario justo a los trabajadores les daban una cesta de Navidad?
Las fiestas navideñas continúan siendo una ocasión para el reencuentro familiar. Sí, todavía se vuelve a casa por Navidad. La tradición de juntarse la familia en torno a una mesa es muy valiosa: se reconocen las raíces, se vuelven a abrazar los padres, los hijos y los parientes que están dispersos. El sentimiento de familia se vuelve a fortalecer. Y se comparte el alimento, los sabores de siempre, de la tradición, las viejas recetas que han pasado de generación en generación. Y año tras año se recuerdan las mismas anécdotas.
Como consecuencia de la globalización cultural y de la secularización, la tradición del Belén, se abandona o se comparte con símbolos de otras tradiciones. Así, aparece el árbol verde, símbolo de cobijo y de vida. Los tres Reyes Magos –de tres culturas y razas– son sustituidos por San Nicolás-Santa Claus-Papá Noel, sonriente, con una larga barba, gordo y vestido de rojo por deseo de Coca-Cola. Las luces y las velas –que recuerdan al sol– símbolo de luz, de purificación y presencia del espíritu. Por otra parte, como alternativa a la reunión familiar, cada vez son más los que deciden ‘escapar’ de la tradición para irse de vacaciones a esquiar, bañarse en la playa o visitar otros países.
Las fiestas navideñas son de las celebraciones que más profundos y diversos sentimientos suscitan. Según un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas, los sentimientos más extendidos entre los españoles son: acercamiento a la familia; alegría; buenos sentimientos y generosidad; añoranza de seres que ya no están o están lejos. La investigación también indica que son muchos los que tienen ganas de comprar cosas. Además, para muchas personas que están solas o que lo están pasando mal, la ‘obligación social’ de sentirse felices incrementa su tristeza y malestar. Por otra parte, se constata que el sentimiento religioso está presente en una minoría
Concluyo. Como les confesé al principio, hace unos años yo criticaba con dureza la manipulación comercial, las múltiples obligaciones sociales y las aglomeraciones de estos días. Sin embargo, últimamente procuro olvidarme de estos elementos negativos y me fijo en lo importante: el sentimiento de fraternidad, ¡Qué pena que no esté presente todo el año!
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