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antonio corbillón
Viernes, 1 de septiembre 2017, 07:23
Enterrados bajo una montaña de roca kárstica, sifones de agua en zig-zag y una oscuridad total solo rota por los destellos de sus ... potentes focos. Tres espeleobuceadores se enfrentan durante toda esta semana al descenso al ‘Everest subacuático’. Así llaman al Pozo Azul, un conjunto de cuevas situadas bajo la planicie del Páramo de Masa burgalés, casi al límite con Cantabria. Pero hay una sustancial diferencia entre la imagen de la ‘madre de todas las montañas’ del Himalaya (8.848 metros) y su ‘negativo’ bajo tierra. En este subsuelo y después de 50 años de inmersiones, aún no se ha logrado alcanzar su final. Hollar su sima sería como llegar a la cumbre. De momento se han recorrido 13,6 kilómetros.
El británico Jason Mallison lidera el trío (le acompañan el suizo Pedro Balordi y el francés René Houben) que espera estos días «hacer punta»; es decir, tocar con los dedos el límite de esos 13,6 kilómetros. Un tope que el propio espeleobuceador inglés estableció en 2015 cuando logró ‘estirar’ los planos otros 600 metros y descubrir un nuevo sifón, el sexto, que añadir a lo ya conocido. Para lograrlo buceó 60 horas en solitario. Una gesta que entre sus colegas le coloca en lo más alto del escalafón internacional.
35
kilos de peso carga cada buceador por las cuevas, con zonas de paso de dos metros de ancho.
10
kilómetros de las cuevas están inundados, lo que obliga a un gran esfuerzo para desplazarse.
6
Días permanecerán vivaqueando en los campamentos base que han equipado en el interior.
«Lleva casi 30 años viniendo a España. Le gustan las cuevas de la cornisa cantábrica porque se parecen a las inglesas. Sólo hay cuatro o cinco hombres en el mundo que alcancen sus límites», explica el espeleobuceador Adrián González. Forma parte de la cordada de doce colegas que han llegado de toda España y Europa para ayudar en esta aventura. Después de muchas horas en la boca del pozo preparando con extrema meticulosidad el material para los campamentos base del interior, todo el equipo permanece en una tensa calma con la confianza de que este fin de semana volverán a ver las escafandras saliendo de ese nacedero de agua intensamente azul.
La experiencia es tan compleja que ni siquiera hay material profesional para encararla. Han sido los propios protagonistas quienes han diseñado de forma artesanal una parte de sus equipos. Cuando embocaron la entrada en el túnel de agua cargaban sobre sus espaldas 35 kilos. Pero antes ya habían practicado distintas inmersiones para ir dejando equipos de apoyo, en especial botellas de oxígeno reversibles, trajes de neopreno de repuesto o comida en los diferentes recodos de este laberinto subacuático de piedras afiladas como cuchillos.
Toda precaución es poca cuando hay que enfrentarse a 10 kilómetros de cuevas inundadas, un desnivel medio del 10% pero con paredes líquidas de 70 metros, seis sifones y el agua a once grados. «Un desgarrón en el neopreno a esa temperatura y lejanía podría ser muy peligroso», advierte Adrián González.
El porteo incluye hasta la hamaca para dormir. «No es como estar en casa, pero intentan que se parezca al máximo». Lo que más llama la atención son una especie de propulsores (los denominan ‘scooters’), otra invención de estos exploradores, que les ayudan a desplazarse por las escasas ‘autopistas acuáticas’ sin necesidad de aletear. «Por muy buen nadador que seas, sería imposible recorrer 16 kilómetros de otro modo. Y menos con todo lo que llevan encima», resume González. Incluso han ideado un sistema de transmisión con el exterior, el ‘cave link’. «No es en tiempo real, pero les permite dejarnos mensajes en los lugares de paso para que sepamos cómo va todo», ilustra la misma fuente.
Siguiendo la lógica montañera, han tenido que hacer escalas de aclimatación y descanso en dos campamentos. Tipperary está a medio camino, unos seis kilómetros. A Razor llegaron cuando alcanzaron los 9 kilómetros. Hasta allí se habrán movido de uno en uno. Probablemente hoy tendrían que ‘hacer punta’ los tres juntos. «La cordada ralentiza, pero minimiza riesgos», justifica su colega desde la entrada de la sima.
Si la casi nula luz no lo impide, el sábado saldrán con material para dibujar la topografía de los últimos recodos del Pozo Azul descubiertos por Mallison en 2015. Además de las primeras fotografías y vídeos de la cueva más profunda del mundo hollada hasta ahora. Y, si las fuerzas y el ánimo acompañan, intentarán averiguar qué hay detrás del sexto y último sifón conocido hasta ahora.
– ¿Dónde creen los especialistas que puede estar el límite?
– Hay un enorme páramo encima. Las aguas subterráneas pueden estar haciendo docenas de zigzags. No tenemos ni idea.
Se trata de sacar al exterior el trabajo callado durante millones de años de las aguas del río Rudrón, un afluente del Ebro. Fue en 1964 cuando los pioneros de la espeleología en España comenzaron las primeras inmersiones en la boca del Pozo Azul. Su evolución recuerda a sus paisanos burgaleses de las cuevas prehistóricas de Atapuerca. Décadas de excavaciones sólo han desvelado los primeros capítulos de su historia. «El Pozo Azul no lo acabaremos nosotros y serán las nuevas generaciones las que sigan completando el puzzle», vaticina Adrián González.
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