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SUSANA ECHEVARRÍA
Viernes, 24 de diciembre 2010, 10:02
Javier Cortezón Aboitiz, el mejor lanzador de martillo que ha dado Cantabria, falleció ayer, a los 62 años, tras una larga enfermedad. Dicen sus amigos que era un luchador nato y que nunca hablaba de la leucemia que le ha quitado la vida. «Ni tan siquiera hablada de ella, él sólo te preguntaba cómo iba el atletismo cántabro y qué tal las primeras pruebas de cross de esta temporada. Así era Javi», dice uno de ellos.
Nació en 1948 en Laredo, en una familia trabajadora. Su padre tenía un taller de reparación de coches, en el que Javier empezó a trabajar muy joven. El tiempo que era capaz de robarle al trabajo empezó a dedicárselo al atletismo desde que era un chaval. Con 18 años era ya un tipo de los que impresionaban físicamente, así que enfocó sus casi dos metros de altura y sus ciento y pico kilos a ser el mejor en lanzamientos. A mediados de los 60, comenzó a competir a nivel regional y también a ganar. Sus brazos lanzaban más lejos que nadie. En 1968, un grupo de amigos y amantes del atletismo, entre los que se encontraba Javier, fundó el Atlético Laredo, el que fue el club de su vida y con el que compitió durante más de diez años.
Sus mayores éxitos los consiguió en los 70. En 1974, en Madrid, se proclamó campeón de España y un año más tarde, el estadio de Anoeta fue testigo de cómo Javier Cortezón revalidada el título que le acreditaba como el mejor lanzador de martillo del panorama nacional. El año en el que logró su primer título consiguió además batir el récord de Cantabria absoluto. Lo hizo en la ciudad suiza de Ginebra, donde estaba compitiendo con España en la mítica Westathletic, una competición por naciones que se disputaba hace años. Javier lanzó el artefacto a 65,30 metros y esa marca perdura desde entonces. Nadie ha logrado arrebatarle el récord.
Fue internacional con la selección española en numerosas ocasiones, pero él nunca dejó Laredo. Muchos atletas de aquella época forjaron sus éxitos en la Residencia Blume de Madrid, pero Javier fue fiel a su villa, a su club y a su gente. Tuvo como entrenadores, primero al santanderino Javier de la Peña y después fue moldeado por las manos de José Luis Martínez, actual director de la escuela nacional de entrenadores. Con ambos se perfeccionó no sólo como el mejor lanzador de esta tierra, sino como atleta completo. A pesar de su gran envergadura, era muy ágil y lo mismo corría los 110 vallas que saltaba longitud.
Dejó el atletismo
Con casi 30 años de edad, Javier dejó el atletismo y siguió trabajando en el negocio familiar porque en aquellos años ningún atleta podía vivir de lo suyo. Los profesionales llegaron años después. Cortezón se casó con una castreña, Lourdes, y tuvo dos hijos. Cuando dejó de competir siguió unido al atletismo a través del club pejino. Ayudó a algunos jóvenes lanzadores que tuvieron, durante años, al mejor maestro de todos.
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