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Qué deberes tenemos hoy? Lo preguntan muchos padres así, en primera persona del plural. Error. «El adulto ni tiene deberes ni tiene exámenes. Los tiene ... el niño», explica lo obvio la psicóloga Silvia Álava. Coincide su colega Antonio Labanda: «No a los grupos de WhatsApp de padres, que son fuente de cotilleo. Y si encima se utilizan para que les solucionen la vida al chaval preguntando a otras familias qué deberes hay para mañana, el crío no asumirá jamás la responsabilidad». Como estas, hay muchas cosas que los adultos hacen mal respecto a las tareas escolares. «Se da hasta el caso de que si la madre no le mete el libro de lectura en la mochila el niño argumenta que ella no se lo metió», señala Labanda. He aquí el ramillete de errores más frecuente.
Silvia Álava aporta unos datos: «En torno al 20% de niños pueden tener algún problema de aprendizaje que haga que les cuesten más algunas materias, entre el 5% y el 7% presentan un trastorno (dislexia, discalculia) que hace necesario enseñarles otra forma de aprender y otro 7% sufre TDH y, por tanto, son niños que pueden ver afectada su atención y su aprendizaje». Respecto a estos últimos Labanda recuerda que «un chaval con TDAH podrá hacer tareas escolares pero durante tiempos cortos». De hecho, «conviene ponerles un reloj de arena, para que vean que la tarea que están haciendo tiene un tiempo y no es infinito». Pero descartado algún trastorno del aprendizaje, el niño debería ser capaz de hacer los deberes solo. Siempre. «Las tareas se mandan sobre el material dado en clase, no es materia nueva, así que saben hacerlo sin ayuda. Lo que ocurre es que hay críos que no atienden en clase porque saben que a la tarde se lo van a explicar sus padres en casa».
«Hay tres tipos de estudiantes. Lo que hacen los deberes solos, los que no los hacen y a los que se los hacen. Entre estos últimos, el menor de los males es que los mayores les 'dicten' las respuestas pero al menos el chaval las escriba y esté más o menos pendiente, porque otras veces se nota que ni siquiera lo han escrito ellos», advierte Florentino Paredes, doctor en Filología Hispánica y con experiencia como profesor de Primaria, Secundaria y Universidad. Dice que donde más ha visto la mano descarada de los padres «ha sido en Secundaria».
El niño, sentado; los padres, preferiblemente lejos y de pie. «No hay que sentarse ni siquiera a ver cómo hacen los deberes». ¿Y si tienen dudas? «Si la duda es puntual: '¿en este problema hay que sumar o restar?' la podemos atender. Pero si te dice: 'No entiendo, explícamelo todo', eso no», advierte Silvia Álava.
«Los deberes se corrigen en clase», advierte la psicóloga. Quien sostiene que el niño que se ha equivocado en una tarea «la asimilará mejor autocorrigiéndose en clase» que si se lo enmendan sus padres en casa. «Otra cosa es que tu hijo esté inseguro y te pida que se lo corrijas. En ese caso, indícale dónde está el error, pero sin darle la solución». Otra opción sana a juicio de los especialistas consultados es dejarle a propósito que lo lleve mal. «En ese caso conviene mirar al día siguiente si en clase lo ha corregido».
«Podemos orientarles sobre la asignatura con la que empezar o, si es fin de semana, proponerles qué tarea hacer el viernes y cuál hacer el sábado para que tengan el domingo libre, por ejemplo», sugiere Silvia Álava.
Recuerda Florentino Paredes que cuando era niño los padres no ayudaban con los deberes «porque muchos sabían leer y escribir lo básico y no tenían más formación». No es el caso hoy. Pero el cambio no tiene que ver tanto con una mayor preparación académica, sino con un cambio en el foco de atención: todo gira en torno a los hijos. «Nos aterra que fracasen y tenemos la sensación de que llevar los deberes sin hacer o suspender un examen es algo terrible y no lo es».
«¿A ti te pagan antes de ir a trabajar? No. Pues los chavales tienen que aprender que la vida es así. Después de la escuela deben tener un rato para desconectar, ya sea jugando en el patio del colegio o en el parque, pero cuando suben a casa primero se hacen los deberes y después se juega hasta la hora de cenar».
«Eso de hacer veinte cuentas porque sí no ayuda. Los deberes tienen que estimular el gusto por aprender y ser algo creativo», entiende Florentino Paredes. Y Antonio Labanda considera que «no hay que poner deberes por ponerlos, sino que deben ir encaminados a reforzar un tema ya dado en clase, a ampliar un conocimiento, a interiorizar un contenido...».
Un problema con un compañero de clase, una regañina del profesor... Lo suelen soltar los chavales en la cena o en la cama. No es por tratar de evitar el castigo, no. «Cuando salen de clase y les preguntas qué han hecho en el colegio, qué han comido... no quieren contar nada. Así que tampoco conviene preguntarles inmediatamente qué deberes les han mandado. Les pasa igual que a los adultos, que salimos del trabajo y queremos desconectar, no seguir hablando del trabajo», explica la psicóloga Silvia Álava. Pero a la hora de la cena su cerebro «ya se ha 'liberado' y entonces les apetece contar cómo ha sido el día», explica.
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