Cinelandias 'El hombre del oeste', el criminal regenerado, impulsos asesinos y humillación sexual
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Si hubiese que buscar el eslabón perdido entre el western clásico y el spaguetti western —la reinvención del género acaudillada por Sergio Leone— habría que mencionar, ineludiblemente, El hombre del Oeste, del genial Anthony Mann. Un drama áspero en el que Gary Cooper absorbe al espectador enfrentándose a los fantasmas de su pasado.
Viernes, 02 de Febrero 2024, 09:36h
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Durante la década de los cincuenta, Anthony Mann (1906-1967) completaría una serie de westerns que se cuentan entre lo más granado del género. Como tantos otros cineastas de su generación –pensemos, por ejemplo, en Delmer Daves o Budd Boeticher–, Mann vivió a la sombra de los grandes maestros que lo precedieron; y enseguida sería sustituido por una generación de cineastas más bien pelmazos –Arthur Penn, Martin Ritt, etcétera– que utilizarían el western como excusa para ilustrar sus monsergas ideológicas, provocando la agonía del género. Aunque la «política de autores» promovida por los popes de la crítica francesa nunca lo tomase en excesiva consideración, lo cierto es que el cine de Mann es extraordinariamente distintivo, recorrido por una aspereza que ni siquiera el sometimiento a las fórmulas comerciales logra sofocar.
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Prueba de ello es la serie de westerns que realizó con James Stewart –Winchester 73 (1950), Horizontes lejanos (1952), Colorado Jim (1953), Tierras lejanas (1954) o El hombre de Laramie (1955)—, todos ellos soberbios y concebidos casi siempre a modo de variaciones sobre una misma excusa argumental: el hombre de pasado criminal que pugna en vano por iniciar una nueva vida. Antes de despedirse del género con la fastuosa (y más convencional) Cimarrón (1960), Anthony Mann firmaría El hombre del Oeste (1958), una película de apariencia modesta que puede considerarse una condensación del ciclo protagonizado por Stewart, aunque en esta ocasión sea Gary Cooper quien encabeza el reparto.
El cambio de protagonista ya nos anticipa que El hombre del Oeste, narrando en apariencia la misma historia, nos propone una vuelta de tuerca en el archisabido tema del criminal regenerado. Gary Cooper, que durante décadas había sido el prototipo del héroe honesto y cabal, había probado ya en Solo ante el peligro sus dotes para interpretar personajes más atribulados y complejos. Sus escandalosos escarceos amatorios habían minado su imagen de galán impoluto; y un largo rosario de enfermedades estaba minando su constitución. Se había sometido a varias operaciones de hernia y úlcera gástrica, usaba corsé para corregir una lesión de espalda y el cáncer ya le lanzaba los primeros zarpazos. Mann entendió que aquel hombre antaño apolíneo que se batía en retroceso ante la decrepitud era el actor idóneo para su historia, llena de rabia soterrada, impulsos asesinos y humillación sexual; y entendió que en su fulgurante mirada azul podía alentar esa llama de callado odio que el personaje requería, bajo sus maneras atolondradas. Cooper no defraudaría las expectativas del director.
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El hombre del Oeste cuenta la peripecia de Link Jones (Gary Cooper), un respetable padre de familia que viaja a Fort Worth, en representación de su comunidad, en busca de una maestra. En el tren que lo conduce al lugar conoce a Sam Beasley (Arthur O’Connell), un jugador trapisondista y charlatán, y a Billie Ellis (Julie London), una imponente cabaretera que no tardará en enamorarse de él sin esperanza. Cuando el tren es asaltado por una banda de cuatreros, los tres tendrán que resignarse a seguir el camino a pie, guiados por Link, que los conduce hasta una granja abandonada que fue su hogar diez años atrás. Pero la granja es utilizada como guarida por los cuatreros, a quienes acaudilla Dock Tobin (Lee J. Cobb), un histriónico malhechor que, según sabremos pronto, es tío de Link.
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También sabremos entonces que Link formó parte de su banda en otro tiempo; y que su tío está dispuesto a volverlo a acoger, pese a las reticencias de sus subalternos. A partir de aquí, la película se desenvolverá entre tensiones no exentas de sadismo, con secuencias de una crudeza angustiosa, como aquélla en la que Julie London es obligada a desnudarse por los miembros de la banda, que entretanto amenazan con degollar a Gary Cooper. Por supuesto, el protagonista se tomará cumplida venganza de las humillaciones que le han infligido: primero con los puños, en una brutal pelea; por último, en un tiroteo nada épico, que adquirirá tintes de ensañamiento cuando Link descubra que su tío Dock ha violado a la cabaretera Billie.
Mann logra envolver el tramo final de la película de una angustia paroxística, subrayada por un paisaje calizo, casi abstracto, como emergido de un sueño, y una planificación enfática, premonitoria del spaghetti western. Si hubiese que buscar el eslabón perdido entre el western clásico y la reinvención del género acaudillada por Sergio Leone habría que mencionar, ineludiblemente, El hombre del Oeste. Nosotros la mencionamos hoy como la coronación tortuosa, como socarrada a fuego lento, del genio de Anthony Mann.
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