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Juanjo Santamaría
Día de Todos los Santos

Un recuerdo para los que se fueron

Fieles a la tradición, los cántabros honran a sus difuntos en los cementerios de toda la región

José Ahumada

Santander

Miércoles, 1 de noviembre 2023, 13:12

Finalmente –al menos en Santander– el tiempo respetó: al mediodía, Ciriego resplandecía bajo un cielo azul, con algunas nubes, que replicaba al fondo el mar con sus borreguitos. Parecía que la lluvia de la madrugada había despertado en el cementerio una primavera a destiempo, con tanta flor fresca brotando de las tumbas, que daba una extraña alegría a un lugar tan triste para tantos.

El Día de Todos los Santos se repite cada año. No es sólo que la misma fecha siga machaconamente marcada en rojo en el calendario, sino que cada una de estas jornadas de recuerdo son un calco de la anterior: el continuo tráfico de coches en el exterior, el solemne desfile de familiares en la visita anual a sus difuntos, el trajín de la limpieza y el cambio de flores de las tumbas... Tampoco un camposanto es terreno muy abonado para la novedad.

Ciriego es el trasunto fantasmal de Santander, una ciudad hermana que ha aparecido y crecido a su sombra. Rafaela Olarte fue su primera inquilina, en un enterramiento fechado el 1 de mayo de 1883. Desde entonces, la necrópolis no ha dejado de acoger nuevos vecinos. Hoy son 170.000: dentro de poco superarán en número a los de la ciudad viva.

A lo largo de todo este tiempo, el cementerio no ha dejado de ser su fiel reflejo: si el pesar no abruma, un paseo permite comprobar el interés decimonónico por la posteridad, con la inversión en panteones monumentales acordes al gusto de cada época -ya hay itinerarios guiados por allí, así que no hace falta extenderse mucho en ello ni insistir en las piezas más sobresalientes o curiosas-. El nicho es la primera huella de la modernidad: quizás –y esto es una equivalencia imaginada–, aparecieron al mismo tiempo que los vivos dejaban de morar en casas y se mudaban a los pisos. Las nueva construcciones, con hileras de huecos vacíos aún por llenar, pueden resultar desasosegantes para algunos.

El futuro puede atisbarse en el Jardín de las Cenizas, un espacio creado recientemente para depositar el producto de las incineraciones, el procesado de cadáveres ahora de moda. Un lugar de estética minimalista muy apropiado para un tratamiento aséptico e industrial de la muerte.

No se descubre nada si se dice que el progreso no siempre significa un avance, y en este campo tampoco: las tecnologías punteras de impresión digital, las mismas que hacen posible que la cara de uno aparezca plasmada sobre la tarta de cumpleaños, contribuyen a la multiplicación de lápidas espantosas que, a todo color, incluyen un amplio catálogo de luces cegadoras, verdes praderas, cielos luminosos y palomas blancas que no faltan en esas representaciones kitsch del Paraíso. Sin duda, estamos a un paso de la irrupción del neón en la decoración funeraria.

Todo esto, en cuanto al entorno. Entre los visitantes, se aprecia que la edad media se va elevando, prueba de que las nuevas generaciones se van desentendiendo de los difuntos. Hay muchos ancianos, bastantes personas maduras, pero pocos jóvenes: algunos han sido reclutados por ser más fuertes y ágiles y para evitar a la abuela la penosa ascensión por la escalera hasta la sepultura con la esponja en una mano y los claveles en la otra. Entre las familias gitanas, en cambio, la tradición no desfallece, y se plantan, juntos, con niños y todo, ante la tumba del pariente, dispuestos a echar ahí la jornada. Puede que ellos recuerden con más fuerza que esos despojos, polvo, huesos o ceniza, fueron una vez carne palpitante.

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