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Los rostros del Dobra
Leyendas de Aquí ·
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Tres rostros de piedra vigilan a los senderistas que suben al Dobra mientras alimentan leyendas urbanas sobre su origenEl Monte Dobra, alias 'Pico Dobra', alias 'La Capía', es un lugar simbólico. Quizá el más simbólico de Torrelavega. Separa la ciudad; el municipio, de SanFelices de Buelna y de Puente Viesgo. Y atesora infinidad de historias. Entre ellas, la de las caras talladas en piedra cerca de su cúspide. Tres, salvo que en alguna parte haya alguna escondida con la que nadie se haya encontrado aún. Y una de ellas muy deteriorada, casi irreconocible, después de que en 2018 a alguien sin demasiada mollera le pareciera divertido destruirla a base de cincel, martillo o algo similar. El rostro quedó muy difuminado, pero todavía se pueden distinguir rasgos e intuir cómo era en su forma original.
Se trata de unas caras que hasta los más viejos recuerdan siempre ahí y que sin llamar demasiado la atención ni estar en un lugar especialmente destacado, sí que permanecen incólumes, expuestas a la vista de cualquier observación curiosa para desertar la curiosidad y, de paso, alumbrar leyendas sobre su origen, todavía a día de hoy muy controvertido. Poco se sabe de ellas; pertinazmente silenciosas como son las tres.
La explicación más extendida es que los rostros son obra de la Escuela de Artes y Oficios que dirigió en los años veinte en la capital del Besaya el historiador Hermilio Alcalde del Río. Según esta teoría, el descubridor de innumerables yacimientos en Cantabria habría utilizado el Dobra como laboratorio para enseñar a sus alumnos las técnicas del grabado en piedra, en este caso a través de las caras talladas. De hecho, hay quien da la hipótesis por verdadera y no existe ningún dato que la refute. Pero tampoco prueba, documento o testimonio directo alguno de ella, y en estos casos la carga de la prueba recae en quien enuncia la teoría.
Ni las obras estás firmadas ni consta que el historiador documentara la actividad, lo que resulta llamativo y sospechoso, pero que no descarta necesariamente la veracidad de la tradición oral. De hecho, es la hipótesis más plausible y la más aceptada; tanto que se ha llegado a dar por buena de forma más o menos general.
Pero por otra parte, también se ha llegado a conjeturar que los rostros son anteriores al siglo XX, y que por lo tanto no pudieron ser esculpidos por los alumnos del historiador nacido en Palencia, aunque torrelaveguense a todos los efectos.
Sí están documentados, eso sí, los múltiples trabajos en el Dobra de Alcalde del Río, que en 1925 descubrió un altar de la época romana –los últimos estudios lo datan en el siglo II, tras la controversia que generó una datación anterior errónea– a Erudino, dios cántabro identificado con el Ares griego que actualmente se exhibe en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, donde aún se puede leer la inscripción grabada en su base: 'Cornelio Vicanio Auniganio, hijo de Cesto, dedicó este altar al dios Erudino el día 10 de las calendas de agosto, siendo cónsules Manlio y Eutropio'.
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Sin embargo, las caras no son la talla más llamativa del monte, ni muchísimo menos la más antigua. Existe otra al menos más interesante desde el punto de vista histórico: tres sencillas letras sobre las que tampoco existe una interpretación unánime –ni siquiera una lectura– descubierta en la vertiente sur del Dobra sobre una roca que, como ocurrió con los rostros, fue también víctima del vandalismo. Allí se pueden distinguir, junto a pintadas e inscripciones modernas, tres sencillas letras: una 'I' –o 'J'–, una 'O' y una 'M', que se supone, siempre como hipótesis, que pueda responder a la leyenda 'Iovi Optimo Maximo' (Júpiter, el mejor y el más grande), lema que al parecer podría cuadrar cronológicamente en un lugar que a tenor del altar debió ser en algún momento de culto.
De hecho, el Dobra fue campo de batalla durante la Guerra Civil, y el bando nacional instaló una improvisada y rudimentaria cruz de hierro en su cúspide que, popularmente conocida como la Cruz de La Capía, se resignificó para convertirse en otro lugar de paso, puesto que sirve como referencia de la cima y lugar en el que fotografiarse a aquellos que se animan a subir el monte. También apareció arrancada en 2016, pero en este caso fue repuesta unos días después, encontrada a unos cuarenta metros ladera abajo.
Lo que sí está claro, en cualquier caso, es que no son formaciones naturales, sino que la mano humana está detrás –o delante– de esos rostros, independientemente de quiénes y cuándo los esculpieran. Un día convendría sentarse largo tiempo a escucharlas; solo por comprobar si hablan entre ellas y, con un poco de suerte, se les escapa el secreto, si es que de verdad hay alguno.
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