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El libro de 'los de abajo'
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El libro de 'los de abajo'
Viernes, 28 de Febrero 2025, 11:22h
Tiempo de lectura: 8 min
Cuando creces teniendo siempre a alguien a tu lado que hace las cosas por ti, vives aterrorizado ante la posibilidad de que en algún momento tengas que enfrentarte a hacerlas por ti mismo; sabes que estarías perdido». La confesión pertenece al mismísimo Carlos III, actual rey de Inglaterra, y se la hizo a un miembro de su personal cuando todavía era príncipe de Gales.
Es una de las múltiples revelaciones de Yes ma'am: the secret life of royal servants ('Sí, señora: la vida secreta de los sirvientes reales'), lo último de Tom Quinn, autor de algunos de los libros más escandalosos sobre lo que sucede tras las puertas del palacio de Buckingham. Escrito tras años de conversaciones con miembros del servicio de la familia real, asegura Quinn que todos han hablado bajo «el estricto acuerdo de que sus identidades serían protegidas».
En el libro, el personal cuenta, por ejemplo, que Camila odiaba la idea de convertirse en reina. «¿No podemos alejarnos de todo este protocolo?», solía repetirle a su marido. Pero para el entonces príncipe de Gales y actual rey alejarse de «todo ese protocolo» es algo absolutamente inimaginable. ¿Cómo vivir sin los trajes escrupulosamente planchados, colocados la noche anterior en el lugar y la posición exactos señalados por él mismo? ¿Cómo disfrutar de la vida sin sus zapatos impecablemente abrillantados, el té servido en una taza concreta, el baño preparado cada día a su gusto y siempre a la misma hora? O ¿cómo enfrentarse al día a día sin que por la mañana «alguien apriete la pasta de dientes sobre su cepillo de la manera que a él le gusta»?
Y mucho cuidado con no seguir sus indicaciones. El rey Carlos es propenso a los berrinches, rasgo de carácter que ha heredado su hijo Guillermo. «Ambos se irritan con facilidad –cuenta un antiguo sirviente–. El rey pierde los estribos en una fracción de segundo, aunque, también es verdad, suele arrepentirse rápidamente».
En cuanto a los cambios de humor de Guillermo, otro confidente añade: «No sé dónde estaría sin Kate; ella es quien lo calma cuando se enfada. Ella ha llegado a decir que, a veces, debe tratar a su marido como si fuera su cuarto hijo». Una exempleada en el palacio de Kensington, residencia de los príncipes de Gales, explica el carácter de Guillermo en la frialdad de la familia. Tras la muerte de su madre, la princesa Diana, «Kate tuvo que explicarle muchas cosas sobre cómo tratan los padres a sus hijos fuera de la familia real, cosas que los demás damos por supuestas».
Estas 'disfunciones' de los royals afectan a todos los hermanos de Carlos. Por ejemplo, cuentan las fuentes de Tom Quinn, que el príncipe Eduardo, duque de Edimburgo, le rasgó las solapas a un chófer por mirar demasiado a menudo por el retrovisor. Aunque nadie más caprichoso y excéntrico que el príncipe Andrés. El duque de York prescindió de un empleado porque le disgustaba un lunar de su cara. Otro corrió el mismo destino por llevar una corbata de nailon. Además, pierde los estribos si la colección de osos de peluche que preside su cama es alterada lo más mínimo por alguna doncella. Para evitar el error, cada una recibe una foto plastificada con la posición original de todos los muñecos.
Enrique, por su parte, considerado uno de los integrantes de la familia «más fáciles y agradables», según un miembro del personal, también es propenso a los enfados. «Recuerdo una vez que no aparecían unos papeles en el escritorio de sus estancias privadas o algo así y se enfadó de forma desproporcionada. Nos hicieron gracia sus quejas, porque es, probablemente, el más despistado de todos los miembros de la realeza de su generación. La gente solía decir que, sin un sirviente, tardaría dos semanas en ponerse sus propios pantalones».
Todas estas revelaciones plantean la pregunta de si Meghan Markle era consciente de dónde se metía cuando comenzó a salir con Enrique. Según el personal de palacio, al principio, la exactriz tenía una visión muy estadounidense de la familia real británica: castillos y riqueza ilimitada. «Esperaba un multimillonario, no un simple millonario», asegura un empleado. Al saber que Harry 'apenas' valía unos 20 millones de libras (24 millones de euros), comprendió que debía reevaluar otras suposiciones sobre su futura familia política. Enrique, al parecer, no le había explicado lo extraña y exigente que podía llegar a ser.
Cuando Enrique comenzó a salir con Meghan, tanto Guillermo como Kate la encontraron encantadora, «un soplo de aire fresco». Los problemas, sin embargo, no tardaron en surgir. Lo primero: los abrazos. Kate, Guillermo y Carlos los esquivaban o se ponían tiesos cuando la recién llegada se acercaba a ellos con cariñosas intenciones. Acostumbrada a su desinhibida California natal, Meghan no llevó nada bien ese rechazo.
Los abrazos de la exactriz, sus besos y su naturalidad, de hecho, derivaron en una crisis con Guillermo, el mayor receptor de sus muestras de afecto. Hasta el punto de que fueron alimentando, en el emocionalmente gélido entorno de palacio, una sensación generalizada de que Meghan coqueteaba con su cuñado. Era algo infundado, pero el asunto agudizó la brecha entre los hermanos.
Otra de las cuestiones que Meghan entendió al poco de instalarse en Londres, revela un miembro del equipo de comunicación cercano a la duquesa, es que el papel de Enrique en la familia no era tan importante como el de su hermano mayor. «No creo que Enrique se viera hasta entonces como un repuesto (el título en inglés de su autobiografía) –explica la fuente–. Creo que ella lo persuadió de que estaba siendo minusvalorado». Aunque, apunta Tom Quinn, quien de verdad se sentía un 'repuesto' era la propia Meghan.
Según numerosas fuentes de palacio, Guillermo no podía entender por qué Enrique había cambiado tanto. Mientras crecieron juntos, ambos fueron tratados sin distinción. «Cuando tienes equipos de empleados que te cuidan, te llevan a donde quieres ir en cualquier momento y no tienes preocupaciones por el dinero, nunca dudas de que eres una persona muy especial –señala uno de los testimonios recopilado por Quinn–. Y esa era la posición de Enrique antes de su matrimonio». Por eso, hasta entonces, nunca hubo tensión entre los hermanos.
Pero, en 2017, la mudanza de Meghan y Enrique a Nottingham Cottage, una hermosa mansión en los mismos terrenos del palacio de los príncipes, lo agudizó todo. No solo su casa era menor que el palacio de Kensington; además, Meghan se sintió limitada por el protocolo. «Detestaba tener que especificar con mucha antelación a qué hora iba a acudir a una cita o un evento para no coincidir con otro miembro de la realeza de mayor rango», cuenta un exempleado del palacio de Kensington.
Meghan tampoco llevó del todo bien las implicaciones de contar con personal de servicio. Su actitud era un tanto ciclotímica. «Por momentos era muy amigable, tal vez demasiado, nos abrazaba... –revela un trabajador implicado–. Pero, de repente, se irritaba porque alguien no respondía a sus órdenes de forma instantánea en cualquier momento del día o de la noche». Por todo ello, Meghan se ganó entre el servicio un apodo revelador: Difficult.
Meghan no solo colisionó con el servicio 'de abajo', también con los cortesanos 'de arriba', profundamente intolerantes ante los 'extraños'. Por ejemplo, cuando Meghan insistió en usar, para su boda, una tiara concreta de la colección de Isabel II, los cortesanos se opusieron radicalmente. Furibundo ante el desplante, Enrique estalló: «Lo que Meghan quiere, Meghan lo consigue». Solo la intervención de la mismísima reina consiguió apaciguarlo. Su abuela le explicó que «Meghan no puede tener lo que quiera». No fue, por cierto, la primera ni la última vez que Isabel II apoyaba una decisión tomada por su personal frente a los caprichos de sus hijos o nietos.
El relato proporcionado por Quinn, en todo caso, no deja lugar a la duda: la llegada de Meghan a la familia alteró el comportamiento de Enrique como nunca antes. Un exempleado del duque de Sussex lo explica así: «Ella tenía complejo de mesías». Meghan, asegura, quería convertirse en el miembro más conocido y querido de la familia real. «No lo digo de una manera crítica, ya que todas sus ideas giraban sobre la idea de hacer el bien –matiza–. Una vez dijo: 'Quiero terminar lo que Diana comenzó'. Y claramente quería hacerlo como una princesa y con el pleno respaldo de la familia real, pero, eso sí, trabajando a tiempo parcial».
En su libro, por supuesto, Tom Quinn también recoge comentarios del servicio sobre Kate Middleton. Eso sí, mucho más positivos. Destaca como un logro su habilidad para conciliar lo personal y las relaciones familiares. ¿Cómo lo consiguió? Uno de sus antiguos empleados en Kensington lo resume así: «Kate absorbe lenta y cuidadosamente la atmósfera de un lugar y las reglas. Espera su tiempo y es muy intuitiva. Siempre aceptaba consejos; tanto del personal inferior, con el que se lleva muy bien, como de los cortesanos, a pesar de que algunos, de inicio, no la trataron nada bien». Otro sirviente agrega: «Sufrió el mismo tipo de crítica cotilla que Meghan, pero ella es más fuerte en muchos aspectos. Lo que Kate nunca aceptó de Meghan es que se creyese más lista que una institución que lleva más de mil años dedicándose al mismo negocio».