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Desde luego, esta temporada no hay quien se aburra en los Campos de Sport. Aparte de que no hay manera de acertar una alineación -y ... mucho menos las sustituciones-, ahora que ya nos habíamos acostumbrado a que los partidos en casa fueran todos remontadas épicas, ayer va el Racing y se inventa un gol tempranero, con lo que desbarató por completo el guion de costumbre, el de las primeras partes anodidas y segundas remando a contracorriente. A ver, que tampoco vamos a engañarnos: sufrir, se sufrió. Pero de una manera distinta. Muy distinta.
En los blancos de la previa a la afición se le desataba la lengua: «¡Que estamos celebrándolo ya y todavía no hemos ganado nada!», comentaba un aficionado de bufanda y camiseta. Todavía le estaba dando vueltas cuando el Mirandés sacó de centro: una cesión larguísima al portero, y patadón a seguir desde el balcón del área. Vamos, un juego de niños comparado con el saque relámpago de Íñigo Vicente y Peque. Como si jugasen a cosas distintas.
Y en menos de un minuto, el Racing trenzó la primera y la mejor jugada del partido. Uno a cero y el cielo abierto. Efectivamente, aún no se había ganado nada, pero ¿se podía pedir más?
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Bueno, pues el Racing lo pidió. Igual era por eso de que siempre nos marcan los rivales, o porque la euforia iba moviéndose en ondas concéntricas, del campo a la grada y de la grada al campo, pero el caso es que los nuestros se pusieron estupendos y buscaron con ahínco el segundo tanto.
Claro que buscar no es encontrar, sobre todo porque los visitantes se defendieron como si se jugaran la permanencia. Aparte de que la lluvia fina que se alternaba con el sol enfrió un poco los ánimos, y en la reanudación el equipo dejó de avasallar para buscar la puntilla a la contra.
Total, que aunque empezamos a lo grande, acabamos como siempre: pidiendo la hora. Aunque esta vez sin crujir de dientes, porque los verdiblancos fueron tremendamente superiores a su rival. Lo que pasa es que si no matas los partidos, luego...
Y fue una lástima, porque los nuestros lo buscaron con ahínco. Andrés probó fortuna varias veces, pero sobre todo Juan Carlos Arana se desfondó en pos de un gol que no llegó. Y lo que voy a decir puede sonar raro, pero hay que ver qué mala fortuna tiene Arana de cara a puerta. Que sí, que lleva doce goles, pero es que se merecería llevar tres docenas. Claramente, es un delantero de otra categoría. Un lujo para este equipo. Pero no se puede luchar a la vez contra los defensas y los prejuicios de los árbitros, que no le dan ni agua. Ojalá se quede muchas temporadas, porque es carne de pichichi. Al tiempo.
En fin, que estaba uno desubicado, porque no es lo mismo sufrir como condenados que estar un poco inquietos por el resultado, pero disfrutando de un equipazo que por momentos pasaba por encima del rival. «No veía al Racing jugar así desde los tiempos de Quique Setién», comentaba un espectador a la salida. ¡Y eso que, como decía aquel, todavía no hemos ganado nada!
Así que, a falta de miedos reales, nos tocaría ocuparnos de asuntos menores, como por ejemplo el chorreo que le caía al extremo zurdo rival cada vez que tocaba el balón. El número siete de los rojinegros, un tal Gabri, tenía una deuda pendiente desde el partido de ida en Anduva, cuando las cámaras le pillaron escupiendo a Mantilla.
Lo más curioso es que entonces no pasó nada. O sea, que los del VAR están para todo menos para lo realmente antideportivo, como era el caso. Pensarían que, total, solo era un 'japo'. Saliva. Habría que ver qué hubiera pasado si a Mantilla se le va la mano y responde al esputo con un sopapo. Seguro que ahí sí que habrían actuado de oficio.
Al final, el Gabri tuvo suerte, porque aunque Sangalli lo secó y la grada le amargó el partido, pitándole sin duelo, se libró de Mantilla, que estaba lesionado. Pero no se libró de que los malditos le corearan el «¡Mantilla, bésalo!». Y eso sí que da miedo.
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