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Nada de operarios con rastrillos y útiles entre las manos corriendo afanosos de una lado a otro para dar los últimos retoques al césped ... antes del partido mientras rumiaban algo parecido a una oración para que no se levantase en los siguientes noventa minutos. Ayer la cosa era algo diferente. Los trabajadores sí que pulieron alguna zona del campo antes de que pitase el árbitro, pero sin urgencias, con un rictus sereno y la certeza de que la cosa era más bien como pasar la aspiradora en una alfombra recién comprada. Porque eso era precisamente ayer el césped de El Sardinero. Una alfombra. Una persa, de la caras, que para eso ha costado más de medio millón de euros -junto al nuevo terreno de juego del Santi Gutiérrez Calle- como explicó el presidente del Racing, Manolo Higuera, ayer por la mañana en la Junta de Accionistas.
Todos los ojos estaban puestos en el nuevo verde. Todavía se notaban algunas zonas con un toque amarronado debido a que en apenas cuatro días no había dado tiempo a que la hierba creciese mucho más, pero cumplía su misión a la perfección. Ni un solo hoyo, ni un pedacito levantado, ni siquiera un milímetro. Nada. Los racinguistas respiraron tranquilos y los jugadores más. Ya no se tenían que jugarse tobillos, rodillas y tendones cada quince días. La magia obrada por las maquinas holandesas y la mezcla de Ray Grass inglés y Proa Pratensis iba convertirse en un jugador más, o al menos en un factor a favor del juego que les gusta desplegar a los hombres de José Alberto.
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Pero el 'prao' no fue lo único que ayer se estrenó en los Campos de Sport. Antes de que los jugadores saltasen al campo las luces bajaron su intensidad para dar protagonismo a otra nueva adquisición. La flamante U televisiva, más moderna que la anterior, refulgía en la penumbra con un derroche de potencia en cada uno de sus píxeles. El Racing sacó a pasear el juego de luces y Juan de Quintana Machín, campeón del Mundo y doble campeón de Europa de kick boxing, fue el primero en poner a prueba el nuevo césped al realizar el saque de honor. La Fuente de Cacho se desbordó e inundó el estadio mientras los racinguistas alzaban las bufandas por encima de sus cabezas como manda la tradición. Y detrás de una canción otra, porque la Gradona apenas tardó unos minutos en entonar eso de: «Illa, illa, illa, Mantilla maravilla», cuando el de Camargo saltó al terreno de juego con el brazalete de capitán.
El primer «¡Uy!» en serio llegó en el minuto 33, con un lanzamiento a puerta de Lago Junior que también estuvo acompañado de una estruendosa pitada para el colegiado. El racinguismo no estaba dispuesto a pasar ni una al trencilla, y menos en casa. No fue la única que se llevó Orellana Cid, que sacó una amarilla a Andrés Martín por protestar mientras El Sardinero descargaba sobre él colegiado todo su malestar. Tras los primeros cuarenta y cinco minutos el césped comenzó a acusar las carreras y los tacos de los jugadores, pero aguantó estoico. Era imposible que se levantase como antes, al fin y al cabo está cosido, pero sí que se podían apreciar algunos pedacitos con ramilletes de briznas milimétricamente despegados. Como una moqueta en la que se forman pequeñas bolitas de pelusa. Nada grave.
Lo que preocupaba a la parroquia verdiblanca no era el césped en sí, sino lo que estaba ocurriendo sobre él en ese instante. Porque en un saque de esquina a favor del Racing, el Huesca se empeño en hacer casi una melé que acabó con la repetición del córner y otra reprimenda a Orellana Cid por no ser más contundente con las faltas reiteradas que estaban recibiendo los cántabros. Después de que Andrés Martín pusiera en pie a El Sardinero con una ocasión clara, un error de Vencedor en una cesión se convirtió en un caramelo para Patrick Soko. El camerunés cumplió la ley del ex y batió a Ezkieta para poner el 0-1. «Ahora más que nunca, Racing Santander», cantaba la Gradona mientras los de José Alberto trataban de recomponerse. El tiempo se agotaba inexorablemente y el gol no llegó. Ni empate ni victoria. Ayer el césped resistió, el Racing no.
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Ana del Castillo
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