
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Lo contaba Cantinflas: «Dios dijo hermanos, pero no primos», así que lo del hermanamiento entre sportinguistas y racinguistas está muy bien para la previa, pero ... una vez dentro de El Molinón a los verdiblancos les aguardaba lo que era de esperar en una semana santa: un auténtico viacrucis.
Y es que no hay mejor momento para las tradiciones, y para las metáforas de pasión y resurrección. Para empezar, casi cinco mil verdiblancos había peregrinado a Gijón; la fe no sabemos si mueve montañas, pero desde luego sí que arrastra a los montañeses, que volvieron a instalar su Gradona portátil, con el optimismo a la altura del ascenso directo, como poco.
Y si el chaparrón que caía no amainó los ánimos, sí que lo harían los dos goles que fueron endosando los locales a un Racing que, salvo diez minutos de tanteo, se mostraba muy superior a su rival. Pero los goles no suelen llegar ni por lógica ni por merecimientos; el fútbol es caprichoso y aunque los de José Alberto se hartaban de tocar y tocar, solo hizo falta un mal despeje -¿de verdad hay que despejar siempre de puños en vez de atrapar el balón?- para que el ariete rival marcase el uno a cero en un auténtico regalo de pascua.
Pero a este equipo no hay quien le mine la moral, y como tocaba día de redención -Saúl lanzó una falta a la escuadra que le podría haber subido a los cielos-, Arana por fin encontró el gol que llevaba varias jornadas buscando.
Lo peor vendría luego, con el Racing completamente volcado en ataque, cuando el árbitro no quiso ver un penalti a Vicente, y al continuar la jugada el Sporting marcó el dos a uno. Eso sí que es castigo. Sufrir a lo grande, vamos. Porque Vicente quería aprovechar un fallo clamoroso del portero, que le dio el balón y luego le placó. «No es suficiente», le dijo el colegiado al diez, que no entendía nada.
Total, que ya andaba uno en modo sufringuista, mascullando maldiciones, pero sin tener en cuenta que no era viernes de dolores, sino sábado de gloria. Además, José Alberto sí que debe de creer en los milagros, porque sacó a Roko y a Ekain. Tres delanteros centros parecen muchos para un área, pero le salieron las cuentas. Lo único malo fue que Arana celebró el doblete quitándose la camiseta, con lo que le cayó una tarjeta. ¿De verdad no hay manera de evitar esas amarillas, como la que se llevó el capitán por protestar?
Solo quedaba el descuento, y la sensación agridulce de que al Racing se le había escapado la victoria, por una decisión muy arbitraria. Lo que no podíamos sospechar era que los doce minutos extras iban a dar para todo un telefilme de sufrimiento y superación. Una entrada criminal casi deja lisiado a Peque, pero el chaval se rehízo y no quiso salir del campo. Decisión clave, porque en la siguiente jugada al colegiado, esta vez sí, le pareció que la mano dentro del área sí era suficiente para pitar penalti. Y cuando se pone el balón en los once metros, siempre es gol de Peque. Así que el árbitro se redimió, Peque se santificó y los racinguistas ascendimos a los cielos de la esperanza. Porque, ahora sí que sí, este equipo no huele a santidad, sino a ascenso.
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Ana del Castillo
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